
Madrid ya no es hambriento, ni mucho menos brillante, y si es absurdo lo es en el aspecto más banal y empobrecedor del término. En el 2011, en el callejón del Gato que Valle Inclán hizo célebre en Luces de bohemia, el esperpento se cumple hasta el paroxismo. Los antiguos espejos cóncavos, que sirvieron de excusa para el soliloquio de Max Estrella, hoy son imitados como un reclamo de marketing de una franquicia de bares, que para mayor insulto de lo que un día fue el Madrid popular, tiene patentada y registrada la receta de su salsa brava.
Bajo la luz de la mercancía convertida en principio de regulación general, todo se desenfoca hasta desdibujarse en una niebla sin romanticismo, igual a sí misma en todos sus puntos. Y lo grotesco, que antes era una forma pintoresca y local de tragedia, llega a un punto de saturación y concentración tan alto que sólo puede generar indolencia. Hacerse una foto posando en el espejo, con una mueca divertida, luego pasar de largo, repitiendo los mismos trucos, las mismas jugadas ensayadas, sin escuchar las voces que truenan y retan.