
“Sea como fuere, y se me perdonará que emita un juicio subjetivo muy anterior al 11-M y que quizás sea compartido por más personas, si a algo me ha recordado siempre esa “rotunda pieza cilíndrica” que acoge el intercambiador de Atocha es a una inmensa urna funeraria, preparada para contener las cenizas de los mismos a los que abría y cerraba sus puertas. Es posible que este simbolismo, repito que para mí anterior a la masacre a la que precede y en cierto modo prepara, no haya pasado inadvertido a los islamistas, contribuyendo de alguna manera a su realización”.
José Manuel Rojo
Después de la masacre, una nueva urna funeraria se levanta en las inmediaciones de la estación. Un tambor acristalado y mudo, inaccesible para el caminante, vetado para el duelo, abandonado, y sin contraste. Un bulto etéreo, irreal y absurdo, como es la muerte en el capitalismo, siempre tan ausente hasta que llega, siempre tan carente de significado. Y más las muertes provocadas por la violencia de sus mecanismos de guerra. Sin revolución, cualquier monumento a las víctimas del sinsentido capitalista es una expresión de infamia.
El monumento es pusilánime: pasa desapercibido, y cuando se percibe, es muy difícil creer en él. Pareciera, que, en el fondo, no existe. Hay algo de lógico en ello. Los intentos de hacer pasar por heroísmo la fatalidad del orden de la mercancía son demasiado obscenos, en su mentira, para ser posibles: como los muertos de Atocha nunca podrán ser mártires (¿de la democracia? ¿de la Constitución? ¿de un mito colectivo en el que nadie cree y que se mantiene a flote por pura inercia?) sino simplemente sucesos, contingencias incómodas para el business as usual del Capital, no se honra su memoria, se reafirma su olvido, la intrascendencia de su sacrifico. Todo el proyecto lo refleja, más allá de la conciencia y la voluntad de aquellos que lo crearon.
Este vaso funerario no contiene las cenizas de los proletarios que tuvieron la mala suerte de ser carne de cañón en la bomba de turno. Nada que recuerde la materialidad y la realidad de la muerte. Tras la doble puerta se entra en una cabina presurizada, como la de los aviones, como la cápsula herméticamente cerrada en la que se desenvuelven nuestras vidas. Allí están las palabras, un recordatorio insultante. Las palabras, que fue lo único de lo que fuimos capaces después del zarpazo. Y es que entre los días 11 y 14 de Marzo no reclamamos verdad, sino que demostramos el calibre de nuestra impotencia, de nuestro miedo y de nuestra pequeñez. En otro tiempo la ciudad hubiera sido una hoguera, un huracán de cólera contra aquellos que nos mueven y nos sacrifican en sus partidas de ajedrez geopolítico, contra el dolor que hace a nuestros amos el trabajo sucio y que cobra sus deudas en nuestros barrios.
La sala interior, denominada por los arquitectos como Vacío azul no es otra cosa que la condensación de nuestro propio vacío personal y social. Así que nadie se extrañe después si algún idiota puede, en un blog que enumera las cosas que hacer en la estación de Atocha mientras esperas un tren, recomendar la visita al monumento, que es muy original.
Maldición moderna: de la cuna a la tumba sin salir del parque temático.