Madrid es, ante todo, una  ausencia

Nadie debería escribir estas derrotas, pero callarlas puede implicar confusiones. Por si en algún momento pareciera lo contrario, advierto que no participo de ningún gran estilo en mis comportamientos. Porque todavía aspiro a mis mejores augurios, no voy a engañarme: no soy un jugador de riesgos, ni poseo ningún talento especial para vivir una vida inspirada.  Es obvio, por tanto, que no me pretendo por encima de mi época, tan plana y previsible, que contagia su bajo perfil pasional a nuestros gestos. Nos ahogamos en esta charca de agua estancada, en este sentimiento torturante de pequeñez, de estar al margen de la existencia, que define el clima emocional del capitalismo.

Saltar de un punto a otro de esta ciudad. Prisas, aplazamientos, interferencias, indiferencias, supersticiones.  Días-boceto, asuntos pendientes. Subir y bajar en las mareas fofas de la vida moderna.

Más allá de condicionantes históricos (al nivel importante, siempre excusas) tampoco me hallo en esa franja de personas, cada vez más raras, que aún poseen un don excepcional para pujar con fuerza en el instante. La falta de  inclinación natural conduce a la vía triste de la voluntad, siempre tan golpista, siempre tan torpe: demasiadas noches con sabor a palabra impronunciada, coletazos de un valor que no se empalmó (socialización es impotencia), latidos de besos que no rompieron el cascarón.  Ocasionalmente encuentras el presente, y tiene  las bragas bajadas. Pero las victorias, como las imágenes, “no son cerraduras, y no deberían forzarse” (Breton).

Por todo ello, y vaya por delante de cualquier otra consideración posterior, Madrid es ante todo una ausencia. Una intuición melancólica y dolorosa de que las cosas podrían ser de otra manera.

A veces en el tren aparece una mujer que puede llevar un vestido azul. Su presencia me desbarata la mañana. Siempre, siempre, la dejo escapar. Luego en casa, donde la derrota es tan inamovible,  recuerdo unas frases de Aragon que tantas veces he hecho mías, incluso antes de haberlas leído:

“A veces ocurre que uno llega tarde a casa por la noche, después de haberse cruzado con no sé cuántas reverberaciones deseables, sin haber intentado apoderarse de una de estas vidas ofrecidas imprudentemente a mi alcance. Entonces, al desvestirme, me pregunto con desprecio que es lo que hago en el mundo. ¿Es ésta una manera de vivir?, ¿no debería volver a salir a la búsqueda de mi presa, para ser yo mismo la presa de alguien allí en lo más profundo de la sombra?”

El ansia de buscar lleva a no encontrar.

De forma mucho más concreta, las muchachas que sí conocí, y que quise fondear pero no pude. Con su estela de pajas, que recuerdan lo que duele fallar. O  las horas de bares, en las madrugadas sobre las que deberíamos dar vueltas como locos consumidos por el fuego. Las conversaciones divertidas, en clave de ese humor cómplice que sólo crece con al roce de  años de amistad, no deberían ser más que un  horizonte de mínimos, un suelo asegurado desde el que poder tomar impulso para sucesos más intensos. Demasiadas veces lo son todo.

A veces tengo la tentación de pensar  que la separación, de la que tanto nos lamentamos, es una debilidad psicológica protestante, típica del norte de Europa. Quizá se podría superar sin tantos rodeos, con una vida carnal, simple y despreocupada: bailar, follar, comer, beber, pelear, jugar, reír como se hace en los bajos fondos. Como hacen muchos amigos con los que me siento a gusto sin más,  a los que admiro por su capacidad para el placer sin la mediación de ningún discurso ni  la justificación de ninguna metafísica política.

Dicen que el aventurero no es aquel al que le ocurren aventuras, sino aquel que las provoca.  Hasta hoy, mi exploración de Madrid ha sido demasiado interior. Mis derivas demasiado mudas. Iluminaciones, destellos, visiones embriagadoras y espejismos mágicos. Pero todo ocurre en un silencio de palabras, y sobre todo de actos, que sabe a encierro. Hipertrofia de la subjetividad, privilegio de la experiencia mental: en el fondo son modalidades de masturbación. ¿Por qué no mentir y decir que sí cuando me preguntan si compro locales y así echar un ojo a lo que hay más allá de algunas puertas cerradas? La vivencia poética de la realidad debería ser algo más abierto, mucho más lúdico, comunicativo, interactuante, arriesgado, y objetivo: saquear un edificio de protección civil, follar bajo una tormenta. Cuando esas cosas pasaron, ahí si estuvimos, como un rayo que no cae, en el centro del mundo.

El centro del mundo es lo contrario de la melancolía, la inmersión en la acción en juego, el olvido de las otras posibilidades, la sensación de decisión correcta en cada gesto concreto. Los pensamientos y los sentimientos son solubles, pero las personas y las situaciones permanecen.

Pensaba en esto, cabizbajo, una tarde vagabundeando por Huertas. Levanté la vista y encontré una pintada que decía, simplemente,  fracaso. Una señal: la primera deficiencia moral sigue siendo la indulgencia, especialmente en la forma de autorreferencialidad. Asumo la responsabilidad de esta tensión, sin la cual, acabaría rebajándome a una forma encubierta de literato.


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