
Las dos cabezas de bebés situadas frente a la entrada de los andenes del AVE demuestran que nuestra época es como un nuevo rico. Se delata más incluso allí donde pretende ocultarse. Día y noche no simbolizan el paso del tiempo en genérico, sino el paso de este tiempo, que es el sentimiento más común provocado por el uso de la estación: la desesperanza que debía vivirse en la antigua tortura pirata, consistente en enterrar a un prisionero hasta el cuello en la orilla de la playa esperando que la pleamar lo ahogase. Pero con una salvedad: el Capital nos sitúa justo en el punto donde se sabe de antemano que el cénit de la pleamar apenas se detiene unos minutos. Y puedes recomponer en vano tu esperanza, como se recompone en vano el cuerpo al dormir. Los días suben y bajan en una marea cruel y nosotros, ni terminamos de ahogarnos ni conseguimos liberarnos, para descorchar los cuerpos y tirar la casa por la ventana en cada latido.
No queremos bocanadas de oxígeno, porque la vida es mucho más respirar.