
Los soldados ya no se marchan a África desde la estación de Atocha. Pero todos los días, el metabolismo tautológico de la economía bombea desde aquí y, hacia toda la ciudad, riadas de personas en un mecanismo que, en su esencia, no difiere demasiado del de principios de siglo. El embrujo diabólico del valor desgarrándonos, secuestrándonos, de aquí para allá El proletariado, que siempre se construye a ostias y el imperio colonial, que hoy avanza, somete y expolia las tierras salvajes de nuestra imaginación y nuestra inteligencia compartida.
Diferencias entre ayer y hoy: la movilización permanente de las tropas de la economía nunca genera semanas trágicas. Mañanas que empiezan como un corte de digestión. El capitalismo es el tiempo de los despertadores, que decapitan los sueños y los insomnios son ofensas cuya venganza no se puede ni siquiera plantear. Hay en estos andenes toda una serie de pequeños rituales para una antropología del miserabilismo cotidiano. Esperar en el sitio exacto donde paran las puertas, junto a la cámara de vigilancia y frente al letrero, para poder ir sentado, porque esa es la escala de lo que está juego. O complacerte, en mezquino secreto, viendo un culo gordo bamboleante de mujer joven frente a ti en las escaleras mecánicas, como dos piñas envueltas en una toalla que fantaseas deshilar, porque el resto del día es un libro con el final desvelado.