
Este libro es un panfleto poético que se divide en dos partes. La primera, es un diálogo teórico con aquellas corrientes de pensamiento, el surrealismo y los situacionistas, que me hicieron enamorarme de la errancia y del paseo. Trata sobre cómo sus ideas deben ser reformuladas ante el nuevo régimen material y el nuevo mapa de conflictos sociales que nos impone la crisis ecológica. En la segunda parte se recopilan algunas muestras ilustrativas de lo que una psicogeografía del ahí puede dar de sí. Todas ellas serán de ciudades en las que he vivido. Y por tanto en las que he tenido eso que abre la puerta al conocimiento real de un lugar: vida cotidiana. Por circunstancias excepcionales, que admito que no son tan comunes como debieran pero tampoco son ya especialmente infrecuentes, al menos en el Norte Global, en mis 37 años he tenido vida cotidiana en tres países, España, Chile y Cuba, y cinco ciudades. Por supuesto Móstoles, donde resido desde los cuatro años. También Ferrol, donde nací, y donde he pasado reiteradamente casi todos los periodos vacacionales de mi vida, lo que ha terminado sumando muchos años. Incluyo Madrid, ciudad en donde he estudiado, he trabajado, he jugado y he sentido mucho. Al menos desde el principio de mi adolescencia, Madrid es una especie de horizonte cosmológico que abre Móstoles hacia lo inabarcable. Y, además, dos ciudades americanas. Entre 2007 y 2014, en mi etapa de estudiante de antropología y mi doctorado, conocí Santiago de Chile y La Habana. Lo suficiente, nueve meses en cada una de ellas, como para afirmar que yo también soy un poquito de allí. Hago una excepción pequeña con Valparaíso, el amor psicogeográfico a primera vista más arrebatador que he tenido en mi vida.
A diferencia del turismo, que es netamente perjudicial en clave ecológica y antropológica, y que en el futuro solo debería mermar, una sociedad racional, madura y sensata, una sociedad ecosocialista, admitiría y fomentaría los movimientos lentos de población, para largos periodos de tiempo, en forma de viajes de trabajo, de estudio, de amor o militancia. Cuando el viaje no depreda de modo extractivista un lugar, sino que compromete a las personas en él, en una dinámica de reciprocidad, esfuerzo y cuidado de medio o largo plazo, se convierte en un proceso enriquecedor, tanto personal como colectivamente. Con esa distorsión desconsolada y atroz que el capitalismo impone a todo, lo más parecido que tenemos hoy a las formas de movilidad sostenibles y socialmente deseables que el ecosocialismo permitiría son los viajes de estudios que un segmento (muy pequeño) del estudiantado universitario de un sitio como España hemos tenido el privilegio de disfrutar, aunque viviéramos en lugares como Móstoles, gracias a las formas de redistribución de riqueza que, mal que bien, aún perduran en el modelo social europeo.
El dinamismo social y la innovación cultural son rasgos que ninguna sociedad puede perder si aspira a ser buena, libre, y a querer hacerse cargo de su evolución apuntando hacia algo mejor. En buena medida, estos rasgos de salud social nacen de la mezcla y el contraste continuo de las diferencias humanas y su juego infinito de variaciones. Para no estancarse y pudrirse las sociedades necesitan esta remezcla antropológica tanto como los cuerpos respirar. En nuestro tiempo esta función se da como un efecto colateral de dos fenómenos perversos que acaparan la movilidad global de las personas. Uno es el turismo, que en su velocidad angustiante y en su compulsión bulímica arruina los lugares visitados y los derechos de sus habitantes. Y en una vuelta de tuerca que dice mucho sobre las miles de formas que puede adoptar la pobreza, también las posibilidades de felicidad que buscan los propios turistas. El otro es, como lo llamó Hinkelammert, el “genocidio estructural de la fronteras”[i]. La tragedia de la migración a gran escala, con su “rutinaria abundancia de cadáveres cosechados en los mares y desiertos que bordean occidente”[ii], que el neoliberalismo genera mediante violencias (políticas y económicas) que fuerzan el desplazamiento de millones de personas al mismo tiempo que se reprime y se restringe, de modo sanguinario, su libre movimiento por el mundo.
Una sociedad ecosocialista acabaría con la dialéctica retorcida turista-migrante. Lo haría reduciendo sustancialmente los fenómenos que la generan. Y ofreciendo, por el contrario, inmensas posibilidades para la migración voluntaria y significativa. A saber, largas estancias en cualquier parte del mundo, que podrían ser ecológicamente sostenibles porque admitirían los desplazamientos lentos. Y ser socialmente deseables porque el viajero nutriría y no desecaría el suelo que lo acoge. Por supuesto, para ello garantizaría antes, de modo estricto e innegociable, “el derecho a la libre inmovilidad”, tal y como lo plantea en palabras siempre precisas Santiago Alba Rico[iii]. Esto es, la garantía de una vida digna y plena en el lugar donde está asentada la comunidad de la que uno forma parte. Un nomadismo simbiótico, movido por el principio del apoyo mutuo, que solo una sociedad ecosocialista podría ofrecer a todas y todos, exige antes blindar el derecho a un sedentarismo, si se me permite el adjetivo, primaveral: el derecho a un hábitat, a un territorio, y una comunidad de reciprocidades y cuidados que nos posibilite florecer. En una bella imagen de José Manuel Rojo que hace referencia al título de un conocido libro de Urslua LeGuin, los viajes de un futuro mejor podrán ser realmente viajes, y no solo excursiones criminales para ir de compras porque, por fin, podrán eternamente regresar a esa casa que el capitalismo nunca nos dejó tener.
Una vida digna, plena y dentro de los límites planetarios, vivida con amor en y por el lugar donde uno hunde sus raíces en el fértil y rico compost de lo común. Este es el objetivo último del proyecto ecosocialista. Y, al mismo tiempo, ensayar esa vida aquí y ahora, con todo lo defectuoso y todo lo precario de hacerlo en un medio tan hostil, es una de las tareas ecosocialistas más inmediatas. Hemos aprendido la lección. La emancipación no es un paraíso en La Tierra al que llegar, que se pueda conquistar de golpe después un asalto audaz al Palacio de Invierno. Es una terra incógnita que aún no existe porque la vamos recreando por el camino, ese camino que antaño se llamaba el mientras tanto. El Reino de la Libertad no se inaugura tomando posesión abstracta de un nuevo hemisferio o continente, deslumbrantemente virgen. El Reino de la libertad lo exploraremos fragmentariamente. Acumulando incursiones modestas más allá de los bordes de lo posible. Y luego regresando a lo posible para reordenar la realidad apuntándola hacia eso mejor que hemos entrevisto. De lo íntimo a lo institucional, transformar el mundo y cambiar la vida (que siguen siendo una sola consiga en el siglo XXI tanto con en el siglo XIX), consiste en eso. Esta es la brújula política para las rutas que se podemos trazar por esta gran aventura colectiva, que empezó hace mucho tiempo y que no tiene mapas.
En esta carrera, que es de fondo y a la vez es de relevos, las conquistas socioeconómicas y ecológicas son imprescindibles: energías renovables, agroecología, compostaje, sanidad pública, renta básica y reducción de la jornada laboral. Pero no bastan. La tarea también nos exige algunas conquistas simbólicas. Palabras para celebrar y elevar el lugar que nos ha tocado, cualquier lugar que nos haya tocado, a toda su amplitud de realidad. A toda su especificidad milagrosa. Para destilar lo maravilloso fácil de nuestra proximidad colindante. Y proponer alternativas que se opongan a esa tendencia capitalista de reducir el espacio a una dicotomía entre decorados al servicio de un negocio infinito, y patios traseros donde esconder los horrores, ecológicos y sociales, de los que la economía capitalista se alimenta. Si un día llegamos a ecosocializar los medios de producción de la economía, antes habremos ecosocializado, al menos parcialmente, los medios de producción del espacio y el tiempo con el que está tejida la materia de nuestros sueños y de nuestras cotidianidades. Liderar cultural y moralmente antes de gobernar, decía Gramsci, es prefigurar la sociedad nueva reciclando los materiales de la vieja en un esquema diferente, que seduzca al mismo tiempo que convenza. La psicogeografía del ahí es modo sencillo de jugar a este gran juego, que sigue siendo el mismo gran juego que los communards parisinos llamaron lujo comunal. Este librito es una pequeña invitación de bolsillo a reconquistar nuestra soberanía poética y simbólica derrochándola sobre los rincones y los sitios en los que nuestra vida transcurre. Así estos rincones y sitios, y estas vidas que transcurren en ellos, serán un poco menos usables, un poco menos desechables. Y un poco más intransigentes en su deber sagrado: pertenecerse. Para así ayudarnos, unas a otros, unos con otras, a alcanzarnos de lleno
Futura introducción del libro Psicogeografía del ahí, que será editado por La Torre Magnética.
[i] Franz Hinckelammert citado por Santiago Alba Rico (2017) “La izquierda, los inmigrantes y los derechos de los españoles”, en Todo el pasado por delante, Madrid: Catarata, pág 117.
[ii] Santiago Alba Rico (2017) “Lampedusa: perseguir a los vivos, premiar a los muertos”, en Todo el pasado por delante, Madrid: Catarata, pág. 105.
[iii] Santiago Alba Rico (2017) “La izquierda, los inmigrantes y los derechos de los españoles”, en Todo el pasado por delante, Madrid: Catarata, pág. 118.