Introducción desacertada a la geografía poética

1. La geografía poética: intento de definición

La geografía poética quiere ser una propuesta para renovar el arsenal de las armas milagrosas, esas armas de doble filo que al empuñarse logran  incidir, previa sincronización, en las dos escalas inseparables, pero tantas veces separadas, de la revuelta: transformar el mundo y cambiar la vida. Lo explicamos en estas páginas, que son introductorias y desacertadas. Introductorias porque apenas voy a trazar unos garabatos sobre un tema que daría para una reflexión mucho más elaborada. Y desacertadas porque si hay algo evidente es que la latencia emocional de una ciudad, y su potencia para lo maravilloso, se pierden al transcribirse y también al teorizarse.

Una obviedad: la reivindicación de lo poético que se va a hacer en este texto  supone una ruptura y una redefinición respecto a la idea de poesía comúnmente en uso, que es una idea literaria. Recuperando la acepción griega original de poeisis, que deriva de poien,  un verbo que podría traducirse por hacer o realizar- lo que ya da pistas sobre su carácter activo- la poesía se entiende aquí como acción intensificadora del placer de vivir,  que a través de la realización de un deseo, es capaz de producir en las personas una descarga de significado reveladora. De este modo, y como ha venido defendiendo el surrealismo, la poesía desborda con mucho el poema para hacer referencia a un modo de abrirse al mundo, que es ridículo intentar sistematizar porque puede manifestarse bajo mil formas y desde ángulos imprevistos. En el  amplio abanico  de las experiencias humanas donde la poesía late, el contacto con lo maravilloso, que es la pérdida en la inmensidad de la realidad, juega para mí un papel privilegiado, debido a su poder de saturación del presente combinado con su capacidad radical de suspensión de cualquier inercia o previsibilidad.

La geografía poética podría entenderse como una ciencia de lo particular, según la divertida ocurrencia ‘patafísica, que explora y cartografía la relación de la poesía,  definida como acabo de hacer, con el espacio cotidiano en el que uno se desenvuelve. Pero fallamos si queremos entenderla como una actividad orientada al conocimiento. La geografía poética podría definirse  mejor como una vivencia del medio físico y social cotidiano, en la que el espacio y los acontecimientos poéticos, de implicaciones y naturalezas diversas pero siempre reveladores, se van entretejiendo hasta conformar el territorio que sostiene y a la vez produce el sentido de una vida. Por tanto, en la geografía poética la voluntad de conocimiento se erotiza. 

Usando una distinción mente/cuerpo que es burda y a la que no damos otro crédito que el explicativo, estos acontecimientos pueden darse tanto en el plano de los “contenidos de conciencia” (emociones, ideas, delirios imaginativos) como en el de las prácticas (interacciones sociales, juegos, reacciones somáticas). Lo poético lo establecen dos cualidades: la intensidad y significación de los acontecimientos que la conforman (poesía como tensión) y el hecho de que, en la mayoría de las ocasiones, se trata de una búsqueda, de una acción consciente, que paradójicamente se despliega mediante un cierto abandono: paseos errantes sin demasiado objetivo (poesía como acción, o según la propuesta de Eugenio Castro, poesía como desacción).

Dicho esto hay que puntualizar dos cosas. La primera es que muchos acontecimientos nos asaltan en cualquier desplazamiento cotidiano, sin estar enmarcados en una exploración. La segunda es que estas vivencias puede generar, de forma anárquica, documentos de todo tipo que median la experiencia y la testimonian, aunque también puede no hacerlo. Estos documentos son siempre secundarios, no tienen nunca carácter ficcional (aun tratándose de ensueños o de imaginaciones, testimonian una vivencia mental real), función representativa ni ánimo evasivo. Es decir, los textos que se caen de las  horas de geografía poética no son literatura, son las cenizas de un uso ardiente del tiempo, con las que nos tiznamos la cara preparándonos para nuevas incursiones.

2. La geografía poética discutida  en su propia tradición

Si se prefiere abordar por el flanco de su origen,  la geografía poética es una reconceptualización personal de ese conjunto de procedimientos lúdicos en la ciudad,  posteriormente devenidos en investigaciones, a los que se entregaron los situacionistas en la juventud, y que denominaron  psicogeografía. Esta reconceptualización no responde tanto a un impulso teórico como a la necesidad de clarificar una pasión: el vagar errante e impresionable por la ciudad, al que me doy con amor cada vez que puedo.

“El término psicogeografía, sugerido por un iletrado Kabyle para designar el conjunto de fenómenos que algunos de nosotros investigábamos hacia el verano de 1953, no parece demasiado inapropiado (…) La psicogeografía se proponía el estudio de las leyes precisas y de los efectos exactos del medio geográfico, conscientemente organizado o no, en función de su influencia directa sobre el comportamiento afectivo de los individuos”.

Lejos de inventar el procedimiento, los situacionistas no hicieron sino sistematizar algunas conductas que ya estaban presentes en las experimentaciones surrealistas. Esto tiene que enmarcase en un contexto histórico más amplio: el surgimiento del paseo  ocioso como un fenómeno social nuevo, propio de las grandes metrópolis industriales. Como prueba de que aquí se guarda una de las claves para desentrañar toda una época, decir que el paseo no solo inspiró un universo de intervención a las vanguardias de la revolución cultural, sino también reflexiones teóricas de cierto calado, como las Walter Benjamin por poner un ejemplo, así como distintas expresiones artística, desde los poemas de Baudelaire a los cuentos de Poe.

Aunque la continuidad de la propuesta es indiscutible, la geografía poética toma distancia respecto a algunos detalles del legado heredado. Esto es, polemiza con la psicogeografía situacionistas en algunos ciertos aspectos.

Para discutir con la psicogeografía situacionista hay que aclarar algunos malentendidos que se están volviendo  habituales. Comprenderla bien exige sintonizar el dial de sus verdaderas pretensiones, que hoy apenas pueden ni entreverse en los exegetas posmodernos. Así debe entenderse que el tono desde el que enunció el proyecto psicogeográfico no fue el que  nace del entusiasmo vital de derivar por parte de unos jóvenes malditos aficionados al juego[1], lo que quizá fue cierto sólo  en sus inicios. La psicogeografía fue un intento de armar y afilar una herramienta de transformación política al servicio de una revolución inmensa: el establecimiento consciente de una nueva civilización, de bases socio-económicas comunistas, que permitiera un empleo del tiempo pasionalmente superior. La meta de la empresa situacionista, incluso en su etapa más “artística” (y ellos no se cansaron de repetirlo), fue cubrir un déficit que mermaba la potencia del movimiento obrero revolucionario: la ausencia de una reflexión y una experimentación sobre los contenidos de la cultura y el sentido de la vida en el reino de la libertad que inauguraría el comunismo.  No será precisamente en  este maximalismo demencial donde queramos alejarnos de los situacionistas.

Sin este telón de fondo, cuesta entender que la psicogeografía situacionistas, aunque comenzó como una actividad autosuficiente, al final no tuvo mucho desarrollo  en sí misma. Más bien un utillaje subordinado a la joya de la corona del proyecto de la superación del arte, el urbanismo unitario, síntesis de todos los procedimientos técnicos puestos en juego en la vieja era de la estética y salto cualitativo en el uso de la energía social excedentaria (que ya no estaría dirigida al fetiche de la religión o su sustituto, la obra de arte,  sino a la incidencia sobre las pasiones, colectivas, ampliándolas y transformándolas).  Por tanto, la psicogeografía se entendió y se practicó como  una metodología que buscaba producir evidencias sobre el modo en que el ambiente urbano afectaba a los sentimientos y los comportamientos. Todo esto con el objetivo de diseñar y construir nuevos ambientes urbanos, en otra ciudad para otra vida según el título de un famoso texto de Constant.

La vocación cartográfica y empírica de la psicogeografía situacionista, su pretendido estatus seudocientífico, que era un corte intencional con las raíces surrealistas (un asesinato del padre), hizo que, al menos teóricamente, la psicogeografía concibiese un estilo unidireccional de relaciones entre persona y ciudad: se trataba de experimentar los efectos de la ciudad sobre las personas en los planos de los afectos y las actitudes.[2]. Por el contrario, en el callejeo surrealista la influencia de la ciudad sobre uno estaba subordinada a la influencia que uno ejercía sobre el espacio. Esto es, lo que la subjetividad proyectaba en cada lugar, especialmente en forma de las incitaciones del propio inconsciente, estimuladas desde el exterior.

Cuando uno pasea se da cuenta que es muy difícil distinguir entre lo que la ciudad transmite objetivamente a las personas y las excitaciones subjetivas que genera. A no ser que uno “trabaje anónimamente, con el sueldo de un obrero cualificado, en el ministerio del Ocio de un gobierno preocupado por cambiar la vida”, quizá no tenga mucho sentido hacer esta distinción. Hay lugares en la ciudad que producen efectos generales, y es interesante constatarlo. Pero la gran mayoría de nuestras rutas trascurren a través de gestos y visiones que, aunque detonadas por lo que uno encuentra por el camino, sabemos que movilizan contenidos emocionales, y también actitudes, muy particulares, que tienen cierta autonomía respecto las disposiciones ambientales.

Dentro y fuera, objetividad y subjetividad, se funden en el flujo de la vivencia unitaria de la ciudad. La geografía poética traza los rumbos de este flujo sin demasiados escrúpulos.

El cuidado por el aspecto subjetivo de la vivencia de la ciudad se torna un punto de desacuerdo radical con la psicogeografía cuando la geografía poética introduce un foco de atención en los recuerdos. Esto rompe con la perspectiva situacionistas, al menos con su formulación romántico-juvenil, en dos aspectos:  el  desprecio de los situs por la significación personal como espacio de  y la consideración fanática del presente como centro de gravedad desde el que jerarquizar todos los valores.

Es fácil de constatar: uno no vive la ciudad como el pez nada en el agua, sin memoria. Por el contrario, caminamos sobre fantasmas, que son necesariamente íntimos. Inevitablemente, los lugares se quedan impregnados por la reverberación de ciertos momentos biográficos importantes. Cuando uno vuelve a transitarlos, el sitio devuelve el eco, que toca en la memoria como un gong, desencadenando sentimientos muy precisos y muy intensos, que tienen repercusiones en el presente. La geografía poética es también una crónica, un intento de poder tocarse de un golpe. Esto no es un paso atrás ni una claudicación. Cuando el capitalismo ha hecho del no fijarnos a nada un prerrequisito de su funcionamiento sin incidentes, convirtiéndonos en una suerte de devenir líquido recolector de sensaciones, este interés historiográfico personal  puede tener un aspecto liberador[3]. En la tesis 157 de la sociedad del espectáculo, Debord constata que bajo el dominio de las modernas condiciones de producción la vida individual no tiene historia, porque los seudoacontecimientos impuestos por el espectáculo no han sido vividos por los espectadores, mientras que la vida cotidiana real carece de lenguaje, concepto ni acceso crítico a su propio pasado. Subvirtiendo  esta nueva pobreza, la geografía poética se orienta también a través de la Vía Láctea de los recuerdos personales, y realiza el escrutinio de los días vividos para encontrar la contraseña que active el futuro.

Tercer eje de discrepancia. La dimensión ecológica del colapso social que se abre a nuestros pies hace tiempo que desautorizó el programa situacionista en uno de sus presupuestos fundamentales: el optimismo técnico. Desde la abolición del trabajo hasta la construcción de situaciones, el plan requería  beber a grandes tragos de ese cuerno de la abundancia material que, como  trofeo de la victoria humana en la conquista de la naturaleza,  podríamos obtener tras quitarnos de encima, mediante terapia revolucionaria, el sonambulismo social impuesto por la divisoria de clases y la mercancía. Pero la Nova Atlantis no sólo no llegará jamás, sino que seguramente se trataba de un sueño envenenado. Y su empecinada e inútil búsqueda, a través de transgénicos, energía termonuclear de fusión o nanotecnología no puede sino agravar el desastre. Ni podemos ni queremos aspirar a la automatización. El pico del petróleo confirma el oráculo, que debemos aprender tomar como una bendición: la máquina nunca será nuestro siervo. Así pues, como cualquier inteligencia materialista sabe, el urbanismo unitario ha entrado ya a formar parte del catálogo  histórico de delirios geniales de la imaginación utópica .La psicogeografía, entendida como metodología de investigación al servicio del urbanismo unitario,  se va convirtiendo en una buena pieza  para cazadores de curiosidades asombrosas entre los futuros historiadores de la ideas. 

La geografía poética surge también para adaptarse a los nuevos tiempos. En un contexto de escasez energética progresiva e irreversible durante el siglo XXI, los monstruos que por una cierta comodidad lingüística seguimos llamando ciudades están obligados a mutar. En el mejor de los escenarios, la ciudad se ruralizará, y el canto de los gallos nos despertará aun viviendo en el centro de una capital. En el peor de los escenarios posibles, el aire de la ciudad nos hará esclavos: encuadre de las vidas dentro de un juego entre violencias mafiosas, hambruna, y miseria moral, espasmos  desestructuración social. Este es uno de los motivos por el que geografía poética abandona la vinculación directa entre ciudad y emancipación y  pierde así el perfil urbano que tuvo la psicogeografía, tan constantemente remarcado por los situacionistas.

Un motivo complementario para el abandono del monopolio urbano como escenario de vivencia poética nos lo ofrece el redescubrimiento de la potencia de la exterioridad para el tanteo  de lo maravilloso, tal y como ha constatado el Grupo Surrealista de Madrid en una serie de experimentaciones, en las que he podido participar, y que definí en su momento de la siguiente forma:

“Entiendo exterioridad como lo que tradicionalmente  ha sido nombrado (y reificado)  con el concepto de Naturaleza, o si se quiere expresar de otra manera, como lo que envuelve al espacio de la actividad del hombre (estrellas, bosques, playas, océanos…)”.

Esto es, la interrelación con lo no cerrado, con lo que no es un puro documento de cultura, con lo que rompe el monologo unidireccional humano, nos expone y nos limita. Movidos bajo esta idea, la investigación colectiva nos ha demostrado que la exterioridad no es  sólo un concepto fértil e importante en un sentido crítico, sino también un ámbito de vida experimentable con una cierta disposición a lo  maravilloso. La geografía poética, que sale de la ciudad para abrazar cualquier tipo de espacio, se funde por tanto con la experimentación de la exterioridad.

Finalmente, me interesa distanciarme de los situacionistas por un cuarto camino, que es quizá el menos transitado, en el que menos he avanzado, y la pesadez de este texto lo demuestra: la necesidad de desintelectualizar todas estas prácticas. Que la descolonización de la vida cotidiana adquiera su verdadera dimensión política exige que sus prácticas e instrumentos, entre los que la geografía poética quiere cumplir un papel, se extiendan y contagien, que se convierta en algo al alcance de cualquiera, un movimiento de cultura popular, una práctica de masas extendida por el globo sin ningún centro ni comunidad rectora, puesto en práctica y renovado diariamente por millones de personas distintas. Esto exige romper con ciertos tics propios de las comunidades intelectuales, como la ausencia de cualquier disposición pedagógica, la autosuficiencia, el esnobismo aristocrático o el empleo de unos códigos barrocos, densos de conceptos innecesarios y alejados del lenguaje común. Sin este salto nos convertiremos en algo objetivamente anecdótico o incluso grotesco, independientemente de consideraciones sobre el valor personal o comunitario de nuestros hobbies (pues sin extensión y contagio social objetivo, nuestra guerra deviene en afición personal). La crítica queda apuntada, aunque evidentemente las coordenadas desde las que se escribe texto, lejos de plantear soluciones, ahondan en el problema.

3. La geografía poética como realidad  y como texto

Primera advertencia en relación a la tensión entre vivencia y documento: si la ciudad es poética, lo es como actividad y como experiencia directa. La ciudad (y el mundo)  no dicta poesía, la dispone. Por tanto, este libro es superfluo. Pero cualquier momento de la vida, por su propia estructura abierta, en proceso y en disputa, es tan deslumbrante que ciega. Hablaba Bloch de la oscuridad del instante vivido. Hay quien  se desenvuelve bien en ese misterio en fuga. Otros necesitamos reconstruir algunos instantes en diferido (normalmente de forma no voluntaria: los instantes se imponen). Darle peso frente a la levedad, para que su significado nos afecte. Quizá pierden intensidad, ya que la vida envejece cuando se representa en colores resplandecientes. Pero así los acontecimientos ganan  entidad y  materialidad, concreción y  definición. Cuando esto se da en un el marco de un proyecto de vida preocupado precisamente por la generación y la experimentación de acontecimientos, no sólo sirve para rescatar las viejas sensaciones del pasado (el objetivo tradicional de la estética, que me sigue pareciendo insuficiente), sino para pujar con fuerza en el futuro, lo que tiene mayor interés. Una contraseña con la inaugurar nuevas aventuras. Un ejemplo: al volverse comunicables, las experiencias se tornan compartibles. Y el diálogo alimenta ese humus en el que nuestras disposiciones poéticas pueden echar raíces: una comunidad o un colectivo. Porque no puede olvidarse todo juego verdadero es un juego en equipo.

Nunca regresaremos a la totalidad ni al absoluto, ni alcanzáremos nada parecido al gran anhelo de unidad hegeliano: el final las separaciones. El agua en el agua, del que hablaba Bataille, es una falsa promesa, un fetiche metafísico  históricamente reincidente a través de religiones, ideologías y paradigmas, que como mucho puede tener un cierto papel como idea límite para encuadrar ciertos pensamientos, pero que no puede ser tomado en serio. Asumido esto, uno escribe esta introducción al menos sin la esquizofrenia de pensar que reproduce, en su debilidad, una infamia ontológica. Se trata, simplemente, de una actividad menor. Como ordenar un armario o comprar pimiento italiano. Son tareas, que en ciertas fases, cumplen un cometido.  En este caso, entre otros cometidos[4], discernir el valor de esos pequeños textos que, a veces de un modo asilvestrado y bruto, y a veces con una exigencia de mayor elaboración, surgen de muchas experiencias de geografía poética, textos que, como ya he señalado, pueden conformar la dimensión documental de este juego, y cuya función urgente es mediadora en un sentido de co-constructora de la experiencia.

¿Por qué dedicar tiempo a anotar, documentar, describir o pensar  las experiencias poéticas en el espacio? Esos apuntes, aunque se aleja de la esencia erótica y lúdica de la geografía poética  como vivencia, tienen un papel que no se agota en la necesidad humana de mediación o en la posibilidad de comunicar dentro de una empresa común. Deambular por la ciudad te expone a hechos que, en muchos casos, se dan en un segmento de sensualidad subdesarrollado. Evidentemente, por el aplanamiento de las subjetividad que impone la socialización capitalista. Pero también, porque las emociones y las prácticas poéticas ligadas a la influencia del espacio, especialmente las concentradas en lo urbano, apenas tiene una tradición discursiva que las articule de forma consciente. Así lo que los situacionistas llamaron psicogeografía se nos presenta como  un racimo virgen, haces de sentimientos e impresiones que casi cuesta creer. Estamos inaugurando los referentes, acampando en la frontera de una lírica de vida que nos es extraña tanto por sus contenidos como por su ejercicio.

Indultado el documento de geografía poética, justificada su existencia por la necesidad de mediar, compartir y de nombrar estas experiencias, desmereceríamos y empobreceríamos el estado de espíritu que lo anima si le diéramos al texto más importancia que la que tiene, que es siempre poca. No se pasea para conseguir inspiración enfocada al hecho escribir, se pasea para conseguir la aventura y el despliegue inspirado de la propia vida. No sé tiene porque escribir, y si se escribe será siempre como una operación que permita traducir y descifrar signos cuyos efectos se darán en la vida en su conjunto. Siendo reiterativo: los textos que produce la geografía poética no son literatura.  Aquí no se pone en juego ninguno de del arte: ni la voluntad de obra, ni la idea de genio o creatividad individual o talento, ni la expresiva o representativa.

4. La geografía poética y la guerra social

Por último, es importante situar todo esto a la altura de lo que realmente quiere ser: desalienación concreta, descolonización de la vida cotidiana, ejercicios de reencantamiento del mundo, y en definitiva, una dedicación a tareas siempre olvidadas de una guerra social que tiene una amplitud mucho mayor de lo que tradicionalmente es comprendido por los movimientos anticapitalistas.

La geografía poética como un acto subjetivo de deserción, un pequeño sabotaje de la maquinaria de dominación que ha generado el capitalismo moderno, que a través de la progresiva colonización mercantil impone la subordinación al ciclo del valor, con el empobrecimiento consecuente, en cada vez más aspectos de la vida social: nuestros sentidos, nuestra vida psíquica, nuestra realidad emocional, nuestros deseos, sueños, imaginación, nuestro hábitat, nuestros viajes, nuestra cotidianidad entera. Frente a una civilización deprimente, la geografía poética fomenta unas vivencias que por un lado son resistencias al uso teledirigido del tiempo al que nos incita el capital; por otro lado son ensayos de libertad, bocanadas de poesía que se realizan en el aquí y el ahora, suficientes en sí mismas como experiencias cumbre, que además prefiguran el tipo de contenidos de la vida cotidiana en una sociedad organizada bajo otros principios y otras lógicas distintas a la de la acumulación de trabajo abstracto muerto e intercambiado como un fin en sí mismo.

Evidentemente, ni la geografía poética ni ninguna otra práctica de poesía enmarcada en un programa de experimentación y liberación de la vida cotidiana puede transformar la realidad sin desplegarse bajo el paraguas de un proyecto de emancipación que necesariamente tiene que incluir, entre sus campos de acción, las esferas de la economía, la política y las relaciones sociales en un sentido clásico. Pero al mismo tiempo, un proyecto revolucionario que aspire a inaugurar una nueva civilización (y el reto histórico no es otro, pues esta civilización naufraga) y no atienda a la dimensión de los contenidos culturales y vivenciales de la libertad por la que lucha, que no esté imantado por un sentido de plenitud como el que la irradia la idea de poesía desde la que se practica la geografía poética, arrastrará un déficit terriblemente peligroso y en última instancia se derrumbará sobre las deficiencias de una mitología alienada y una vida cotidiana reducida a respuestas automáticas ante preguntas perversas.

Emilio Santiago Muiño. Móstoles. 2014.

Publicado originalmente en Emilio Santiago Muíño (2016) Sentir Madrid como si existiera un todo. Geografía poética y etnografía reencantada de una ciudad. Madrid: La Torre Magnética.


[1] Aunque sospechamos que esto acompañó siempre a algunos situacionistas como una afición personal incluso después de abandonar la idea de superar el arte.

[2] Lo que nunca fue sistematizado en una teoría pero que podemos entrever en algunos fragmentos de los libros canónicos del surrealismo clásico, como Nadja o El campesino de Paris.

[3] Sólo al final de su vida, en sus textos autobiográficos, Debord se permitió ciertas licencias al sentimentalismo y ciertas confesiones íntimas, que contrastaban con el fuerte estilo impersonal de sus escritos de juventud. Esto no se debió solo a una flaqueza de espíritu, justificable por la vejez. Al igual que su opinión sobre las antiguas obras de arte varío radicalmente (de buscar su destrucción iconoclasta a concebir que sólo algunos libros y construcciones antiguas estaban a salvo de la marea negra espectacular) es posible que su visión sobre la importancia de la memoria en la identidad personal también diera un giro al constatar la naturaleza de los procedimientos modernos de dominación.

[4] En cuanto al cometido del volumen en el que se incluye este texto, además de esta creación  mencionada de un cosmos simbólico comunitario en base a experiencias inspiradas de vida, está también la idea del contagio. Para quien lea este libro y no me conozca, tiene que entender que mucho más importante que la expresión de sus contenidos concretos (que serán los míos y no son más especiales o excepcionales de lo que cualquiera pueda sentir) está la difusión de unos esquemas de comportamiento y unas prácticas liberadoras.  Fuera del complot, el valor de leer libros como este no pasa de ser el de un trampolín para que cada uno se arroje a su propia cadencia de exploraciones, para que cada uno conforme su propia actitud poética. Yo podría hacer una enumeración rápida de textos y libros que en mí han tenido ese efecto: Formulario para un nuevo urbanismo de Ivan Chtcheglov, Introducción a una crítica de la geografía urbana .y Teoría de la deriva de Guy Debord, Venecia ha vencido a Ralph Rumney de la I.S, Lugares poéticos de Bruno Jacobs, Impasse Ángélique de Kryzstof  Fijalkowski, Nadja, de André Breton, El campesino de París, de Louis Aragon, El libro de los pasajes, de Walter Benjamin.  Y por supuesto, textos de amigos como Andrés Devesa, Eugenio Castro, Julio Monteverde, Lurdes Martínez, José Manuel Rojo, Noe Ortega, Vicente Gutiérrez, Bruno Jacobs, Jesús García, Antonio Ramírez, María Santana o Ángel Zapata.


Deja un comentario